Los descendientes sanguíneos y literarios de Rubén Darío

Retrato Rubén Darío /  del pintor Róger Pérez de la RochaPor Pedro Alfonso Morales

Los descendientes sanguíneos y literarios de Rubén Darío, tal vez guiados por la sangre azul del padre del modernismo, quizás animados por la herencia espiritual del poeta, acaso llevados por la fuerza de la tradición literaria del amante de los cisnes, que abarcó no solo a su descendencia, sino a todos los nicaragüenses en general, escribieron poesía y prosa para afirmar su identidad cultural rubendariana, tales son los casos de los poetas Rubén Darío Basualdo, el nieto,  y Martha Eloísa Darío Lacayo, la bisnieta.

Rubén Darío Basualdo nació en Buenos Aires, Argentina, el 7 de mayo de 1922, hijo de Rubén Darío Contreras, primogénito de Félix Rubén García Sarmiento (Metapa, 16 de enero, 1867- León, 16 de enero, 1916) y de Rafaela Contreras Cañas (Costa Rica, 21 de mayo, 1869- San Salvador, 26 de enero, 1892). Rubén Álvaro Darío Contreras, había nacido en Costa Rica el 11 de noviembre de 1891 y dos meses después, falleció su madre Rafaelita el 26 de enero de 1892. Darío Contreras contrajo nupcias con la argentina Eloísa Basualdo y procrearon a Stella Teresa, Eloísa Virginia y Rubén Ricardo Darío Basualdo.

Según Jorge Eduardo Arrellano, Rafaela Contreras Cañas, era actriz, profesora, y sus obras publicadas en Guatemala, la convertirían “en la primera escritora modernista de Centroamérica”[1]. Y agrega Arellano: “Mientras tanto, Rafaelita ─como era llamada por todos─ intervino de quince años en una representación de ‘La Traviata’, de Giovanni Verdi en San Salvador y, para 1888 ─de diecinueve─ fue profesora de Geografía y calistenia en el Colegio Normal de Señoritas de la capital salvadoreña”.

Y más adelante, escribe que: “Un vago simbolismo idealista predomina en esas piezas narrativas: ‘Mira, la oriental’, ‘Reverie’, ‘La turquesa’, ‘Las ondinas’, ‘Humanzor’, y ‘La canción del invierno’, aunque en ‘Humanzor’ no falte la observación objetiva y la crítica social; de hecho, con otras obras publicadas en Guatemala por su esposo, convertirían a Rafaela Contreras en la primera escritora modernista de Centroamérica”.

Rubén Darío Basualdo o Rubén Darío III, el nieto, contrajo nupcias con la nicaragüense, María Martha Lacayo ─hija de Gustavo Lacayo y Ernestina Rosales Cabezas─ y procrearon cinco hijos: Martha Eloísa, Estela Regina, Rubén Martín, Karla Isabel y Sandra Eugenia. De todos los hermanos, al parecer sólo Martha Eloísa, siguió la vena artística de su padre, su abuelo y su bisabuelo.

 Según el argentino, Héctor Roberto Paruzzo, autor de Rubén Darío y Basualdo, el III de la Dinastía Dariana[2], Rubén Darío III en 1952, se graduó de abogado y se especializó en Derecho Aeronáutico y Espacio, fue conferencista en universidades de Latinoamérica y España y por su gran labor “fue nombrado adjunto civil del Vicepresidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, con rango de embajador Extraordinario y Plenipotenciario en Misión Especial”.

Además, escribe Paruzzo, fue “Presidente Honorario de la Sociedad Nicaragüense de Sofrología y Medicina Psicosomática, Miembro de la Federación Latinoamericana de Sofrología Clínica en Buenos Aires, Asesor Científico Internacional y Relator Oficial de los Congresos Internacionales de Hipnosis Clínica, Sofrología y Medicina Psicosomática, llevados a cabo en Buenos Aires en octubre de 1977 y en noviembre de 1983”. Rubén Darío Basualdo con 72 años de edad falleció en Nicaragua en 1994.

En relación con las letras, Rubén Darío Basualdo, publicó su primer libro, titulado  Brumas y luces en Argentina en 1943. Según una nota del diario La Nación de Buenos Aires de la época, recogida por los editores en otro de sus libros, señala que “este primer libro, inspirado y comunicativo, tiene en su espontaneidad juvenil uno de los rasgos más fuertes de su encanto: bruma y luz, como lo expresa el sentido inconfundible de su título…”[3].

Una muestra es el poema en el cual expresa el dolor que absorbe su alma de la vida, peligros y quimeras que son nieblas y foscas de los sufrimientos, ya como tristeza, silencios  y melancolías de lo vivido. En el poema hay un hondo sentir del yo lírico, de las cosas espirituales y profundas, ásperas y oscuras que los seres humanos llevan en su discurrir cotidiano. Leamos el poema:

Espinas que están hundidas

en la inmensidad del alma,

son ensueños que se esfuman

a la llegada del alba.

 

Mis tristezas son las sombras

que pululan en la nada,

son suspiros que en la noche

lleva inocente y callada.

 

Sin embargo, el dolor silencioso de la pieza anterior, a través de la hipérbole se intensifica y se amplía en Las doce, otro de sus poemas, publicado en su segundo libro Salutación a la primavera ─Argentina, 1946, prólogo de Enrique de Gandia e ilustración de su hermana Eloísa Virginia Darío Basualdo─ donde el dolor no sólo se estatifica en los seres humanos, sino que abarca las habitaciones y más allá, como “sombras y espectros” de la casa hasta para “despertar a los muertos”. Leamos el poema:

Era tan enorme

tan grande el silencio

de aquella casona

de sombras y espectros

que fuera otro tiempo

triste monasterio

para monjes santos

y abates austeros,

que a las campanadas

del reloj del pueblo

vieron los aldeanos

despertar a los muertos.

 

“Para juzgar la Salutación a la primavera, de Rubén Darío (nieto) ─escribe La Prensa de Buenos Aires─ es menester apartarse por completo de las comparaciones que lógicamente provocan su nombre y apellido. Sin embargo, un año después de publicado su segundo libro, Juana de Ibarbourou, la famosa poeta uruguaya ─Juana de América─ le dedica uno de sus poemas al joven Rubén Darío Basualdo, saludándolo “como buen Darío, cincelador de nuestro idioma”. Dice así el poema:

A Rubén Darío (Nieto)

Salutación a ti, doncel tan joven

como la prima luz de cada día;

Salutación a ti que vas de caza

con arreos y halcón de cetrería,

como tu padre va, y fue tu abuelo,

por la pradera azul de la poesía.

Salutación a ti, de voz sonora,

pecho sensible y entusiasmo cálido;

salutación a ti, joven Darío,

de simpatía viva, rostro pálido,

y que estás como el grande chorotega,

en el umbral del verso, altivo y ávido.

Salutación a ti en tu primavera,

en la que eres, como buen Darío,

cincelador de nuestro idioma, válido.

Juana de Ibarbourou

Montevideo, abril, 1947.

 

Por su parte, Enrique de Gandia, escribe en el prólogo del libro: “Rubén Darío, nieto, ha sabido hallar en la poesía la verdad porque es la verdad lo que fluye de su corazón. No hay en este libro, como en ninguna de sus otras composiciones, una sombre de simulación. No se simula el amor a los infinitos matices que él sabe descubrir en la naturaleza”[4].

Luego publica Tránsito del recuerdo, publicado en Buenos Aires, Argentina, en 1954. Cinco años después, publica Ventana al infinito, editado en México en 1959 con el seudónimo de Pedro de Horta. Luego, aparecen Los detractores de Rubén Darío, Rubén Darío y los mercaderes del templo, Tres mujeres en la vida de

Rubén Darío (Buenos Aires, 1966) y Los conquistadores (Costa Rica, 1967).

De este último libro, vale la pena destacar tres poemas en el cual, a la manera de su abuelo, pues recoge sus propias palabras en sus versos, en sonetos con rima asonante y versificación polimétrica, le canta al cacique Diriangén, “astuto y valiente”, al propio Rubén Darío y a su amada Nicaragua y al continente americano. Son versos sencillos que reflejan las lecturas de los libros del abuelo mágico y el interés por la patria del poeta modernista, a través de los conquistadores, título que escogió para su obra

poética. Leamos:

Diriangén

… No iban a América los conquistadores a civilizar,

sino a ganar tierras y oro; y a la América Central

le tocó la peor parte, entre aventureros de espada

y frailes terribles…

Rubén Darío, El viaje a Nicaragua.

 

Diriangén, el Cacique, era astuto y valiente.

Nicarao, el filósofo, era un rey sin igual:

conocía las leyes del hombre y de los astros

y cantaba, en su lengua, al amor y a la paz.

 

Pero un día llegaron los blancos con sus barbas,

con sus briosos corceles, con la espada y la cruz…

Profanaron los templos de los dioses telúricos

y mancharon, con sangre, el Cocibolca azul.

 

Entonces Gil González venció al cacique indígena

y se llevó su oro y sus hombres con él.

Nicarao fue pacífico, se sometió al intruso.

 

Nicarao fue prudente: tragó acíbar y iel…

Y así murió el Cacique nimbado por la gloria…

(¡Y esto pasó en las tierras donde nació Rubén!)

 

Nicaragua

… Preguntó asimismo si moría el santo padre de

Roma, vicario de Cristo, Dios de cristianos; y cómo

Jesús, siendo Dios, es hombre, y su madre, virgen

pariendo; y si el emperador y rey de Castilla, de quien

tantas proezas, virtudes y poderío contaba, era mortal;

y para qué tan pocos hombres querían tanto oro

como buscaban. Gil González y todos los suyos

estuvieron atentos y maravillados oyendo tales

preguntas y palabras a un hombre medio desnudo,

bárbaro y sin letras, y ciertamente fue un admirable

razonamiento el de Nicaragua, y nunca indio, a lo que

alcanzo, habló tan bien a nuestros españoles.

Francisco López de Gomara.

 

Nicaragua fue un indio, pero un indio magnífico.

Ningún hombre en América habló así al español…

¿Para qué quiere el oro el que a la cruz ensalza?

¿Para qué quiere el oro el que predica Amor?

 

El trágico destino de esta América nuestra

se trazó con la espada del que vino hasta aquí

a través del Atlántico, cual moderno argonauta,

en pos de un vellocino de oro, plata y añil.

 

Nicaragua sucumbe, fatal, ante los dioses.

(Igual mueren las razas: como mueren los hombres…).

Era exacta la hora en que la noche empieza.

 

Y así, como una sombra, desventurada y sola,

se perdió en una página cualquiera de la Historia

el indio Nicaragua, con su genial cabeza.

 

Nuestra América

Aún la joven América es la indígena pobre:

la presa codiciada por el conquistador…

Han pasado los siglos por el Hombre y la Tierra,

pero aún crece en América el Hambre y el Dolor.

 

Y la crasa ignorancia de un  pueblo macilento

que arrastra, como estigma, su torva desnudez…

Esta América Hispana es una inmensa hoguera

que amenaza, fatídica y terrible, con arder.

 

¡Qué extraño nos parece nuestro Rubén Darío

cuando dice que piensa y vive en español!

Él, el hijo de América, el nieto de la Hispania,

 

el sacerdote laico que oficia al Padre Sol…

(¡El mágico hechicero, Chilam Balam o Brujo,

que transformó a su América en eterna canción!).

 

Por su parte, Martha Eloísa Darío Lacayo, hija de Rubén Darío Basualdo y Martha Lacayo Rosales, ─nacida en Nicaragua el 01 de marzo de 1956 y casada con el químico argentino Rubén Héctor Carreli con quien procreó a Natalua Paula, Ramiro Nicolás, Valeria Elena, Romina Cecilia─ publicó en Argentina en 1997 el libro Paisajes interiores, en el cual, además de cantarle a los tres Darío, canta a sus orígenes, sus ancestros, su amor a la familia y su descendencia. En el poema a su madre emplea la antítesis para decirnos qué es la vida: fluir y permanecer, evaporarse y retornar, morir y nacer. Leamos:

A Martha Lacayo Rosales

La vida es el río que permanece

a la vez que fluye.

Es la esencia que se evapora

a la vez que retorna.

Es morir y nacer

a cada instante.

 

También hay en su poesía una búsqueda permanente, igual que su bisabuelo, de perseguir una forma que no encuentra su estilo poético. El poema Mi estilo aborda el acto de creación del poema, que nace sin artificios ni técnicas literarias, pues “simplemente escribo”, según sus palabras. El poema es una especie de arte poética a través del cual nos detalla el tiempo, el lugar, el modo y la forma de nacimiento del poema. Escribe en sus versos: ¡A veces voy por las calles / y sencillamente / me detengo a escribir. / Tal vez sea un pájaro, un niño, un árbol / lo que me hace detener. /Entonces dibujo mis palabras / con lápiz sobre cualquier papel”. Y el acto de la creación se consuma con el ser y el estar de su personalidad. Leamos:

Mi estilo

Sólo un trozo de mi vida

intenta expresarse

y se desliza

suavemente

entre palabras

para completarse

 

Si me preguntas sobre mi estilo

te diré que, simplemente, escribo;

que brota muy dentro de mí…

 

A veces voy por las calles

y sencillamente

me detengo a escribir.

Tal vez sea un pájaro, un niño, un árbol

lo que me hace detener.

Entonces dibujo mis palabras

con lápiz sobre cualquier papel.

Y así, mientras escribo,

voy creando,

y cuando creo, siento que estoy

expresando

mis deseos de ser,

de ponerle alas a la realidad,

de ordenar con letras y palabras

mis vivencias y mi sentir.

 

Si me preguntas sobre mi estilo

te responderé otra vez:

¡Yo, simplemente escribo!

 

En otro poema titulado Mujer de Limay resulta interesante no sólo la evocación de la mujer nicaragüense, sino la ponderación que hace de la mujer aborigen nicaragüense. En el poema expresa la dureza de la mujer de esa zona de Nicaragua, mujer trabajadora, artista, bella, sufrida, “sin vida ni sombras” que no siente el dolor de su propia vida. Es un poema dolido, de mujer a mujer, que trata de mostrar la fortaleza y la ternura de la mujer nicaragüense, donde a la dureza de la piedra le opone la esencia del agua, puesto que una gota de agua diaria es capaz de abrir un orificio en la piedra. Leamos:

Mujer de Limay…

Mujer de piedra,

nada te transforma,

posas en cuclillas

desnuda de blanco.

 

Mujer de Limay…

 

Sin mirada ni rostro,

inspiración tallada

por manos artistas.

Mujer de piedra,

no sientes ni piensas,

te quedas inmóvil

sin vida ni sombras.

 

Mujer de Limay…

 

eres de piedra

madurada por el agua…

 

 Sin embargo, la temática ancestral y el arte poético de sus creaciones, se manifiestan con mayor claridad en el poema Encuentros, dedicado a su amiga Susana Cauzillo Usandizaga en el cual va detallando esos encuentros y vivencias del arte, donde se funden la escritura y diversas disciplinas artísticas: la pintura, la escultura, la música, el teatro y la poesía. Nótese que la temática del poema tiene grandes similitudes, tanto con el poema Mi estilo, como con Mujer de Limay, a tal punto que, Encuentros funciona como una especie de resumen de ambos poemas mencionados. Leamos:

Encuentros

A Susana Cauzillo Usandizaga

y a los integrantes del Taller “ENCUENTROS”

El aroma del café se funde

entre el aliento de la tinta con que escribo,

curiosas y visibles se muestran mis palabras

que se estiran como ramas con miradas libres.

 

La pluma con asombro escribe

nuevos tintes sobre el papel virgen

que permanece delante de mi inamovible.

 

Late el pulso de mis dedos pacientes

sosteniendo las palabras

que fluyen como en vuelo de gaviotas.

 

El arte se funde como la lluvia en el barro

y el lodo es una música ancestral

que despierta en mí su melodía

en este nuevo aprendizaje.

 

“ENCUENTROS” de vivencias el Arte:

el Teatro espeja la vida;

en Poesía la luna interna se refleja;

la retina recoge los paisajes de esa foto;

la Escultura se modela en bordes de arcilla;

la Pintura plasma su rostro de Arco Iris;

la Música danza en mi mente

y tu calidez es brisa, amiga Susana.

 En el poema dedicado a su amiga Hilda arqueóloga Josefina Capitano, Martha Eloísa se muestra autobiográfica y reflexiva, su pensamiento es hondo, y se transfigura en cierto sentir poético y filosófico, donde camino y vuelo son dos momentos de una misma búsqueda: alcanzar la plenitud de la vida y del ser. Obsérvese cómo el poema se manifiesta in crescendo: “Vida… / tus manos albergan mis pasos. / Vida… / tus pasos albergan mi vuelo. / Y volarás a la cima / y alcanzarás llegar a las estrellas”. Leamos:

A Hilda Josefina Capitano

vida…

tus manos albergan mis pasos.

vida…

tus pasos albergan mi vuelo.

 

Y volarás a la cima,

y alcanzarás llegar a las estrellas.

 

El vuelo del pájaro es entrega;

la mano del hombre

junto al pájaro vuela.

En el poema titulado continúa con una mirada retrospectiva y reflexiva sobre su vida y su ser. En algún modo se vuelve autocrítica de sus propias actitudes frente a la vida. En el poema se presenta una especie de auto-examen, una autovaloración de sus virtudes y defectos: “Sé / que puedo conmoverme ante mis semejantes / y asombrarme y llorar inconsolablemente /… Sé / que, a veces, me encierro en una jaula, fría y oscura, / que mis alas frágiles del deseo / se pliegan o ansían desplegarse”… Y cierra su visión con un precepto psicológico y poético de la mujer que sabe lo que busca: “sé / que soy la ingeniera y arquitecta de mi vida…”  Leamos sus versos:

Que soy arquitecta e ingeniera de mi vida

que puedo construir un mundo consecuente

que puedo poblar mi ser de sabiduría infinita

y colmar mi copa con el amor de cada día

que puedo conmoverme ante mis semejantes

y asombrarme y llorar inconsolablemente,

que puedo transitar por valles de tierras y de sueños

y aunque me sienta libre o atada

levantar mis ojos a los cielos

buscando la luz

que se tiende profusa a mi mirada

que, a veces, me encierro en una jaula, fría y oscura,

que mis alas frágiles del deseo

se pliegan o ansían desplegarse…

que admiro lo profundo y lo bello,

que valoro, más que al oro, lo invisible a los ojos

y que una fuerza divina me impulsa a continuar…

que hay en mí un ser real y otro aparente

que soy esencia

que me evaporo y retorno

que soy única e irrepetible,

criatura entre tantas criaturas,

humana, y como humana

me equivoco

que soy materia imperfecta,

pero que cada día tengo una nueva

oportunidad de vivir y crecer

que soy la ingeniera y arquitecta de mi vida…

 

Siguiendo la línea autobiográfica anterior, en el poema Mi yo en el tiempo, formado por estrofas y versos irregulares y libres, se juntan los colores y los días como símbolos del desarrollo y la evolución de la personalidad de su ser mujer y poeta. Y su deseo de evolucionar como persona se expresa en el primer verso: “Cada día es una nueva oportunidad para crecer”. Leamos el poema:

Mi yo en el tiempo

Cada día es una nueva oportunidad para crecer

En el rojo la pasión se enciende, con el verde llega la esperanza;

el amarillo me aclara el pensamiento y el atardecer oculta mis deseos.

La noche se viste de negro, está de luto el tiempo,

apenas brillan las estrellas, allá lejos, por cierto.

 

El marrón del tiempo aparece en el suelo recién arado;

al nacer la mañana brotan semillas de trigo dorado.

Otra vez aparece el día, un nuevo crepúsculo anuncia.

El tiempo ya se adormece, del sueño despierto yo.

 

Lentamente se pierden las horas como las estrellas en el firmamento

y mientras me miro en el espejo mi yo cambia en el tiempo.

Se va transformando mi cuerpo y al igual que mi mente,

mi rostro se opaca y enciende, mientras mi yo se siente renacer.

 

En el poema Yo soy la tierra expresa su amor a la naturaleza, tal y como lo proclamara Salomón de la Selva en Descanso de una marcha: “La tierra dice: ¡No me odies! / Mira soy tu madre”. Sin embargo, en el poema, Martha Eloísa, asume el papel de sujeto protagonista: “Yo soy la tierra, / y si me cuidas y me tratas bien / yo tu amor he de sentir”. Dice Héctor Roberto Paruzzo[5] que Martha Eloísa ha convertido el poema en una canción, confirmando de este modo que la poeta Darío Lacayo, igual que su bisabuelo, supo combinar poesía y música, como discursos esenciales de sus expresiones literarias. Leamos:

Yo soy la tierra

(canción)

 

Yo soy la tierra,

y si me cuidas y me tratas bien,

yo tu amor he de sentir;

y este árbol que echa sus raíces sobre mí

también sentirá tu amor…

 

Todos nos beneficiaremos,

vos, él y yo…

 

Yo soy la tierra.

Corre el agua de los ríos hacia el mar,

siento sobre mí el inmenso azul del cielo,

y el eco de un volcán.

Yo soy la tierra.

Me abrigan los campos de dorado trigo,

y me habitan los seres vivos, la vegetación.

 

Yo soy la tierra.

Cambian ya las estaciones en el tiempo,

se resguardan animales en los bosques

cuando nos calienta el sol.

 

Yo soy la tierra,

y si me cuidas y me tratas bien,

yo tu amor he de sentir,

y, al compás del viento, el ave que vuela

también sentirá tu amor.

 

Todos nos beneficiaremos,

vos, él y yo…

Yo soy la tierra,

yo soy la tierra,

yo soy la tierra…

Y entre su poesía no podía faltar aquella derivada de la influencia del fundador del modernismo, su bisabuelo, Rubén Darío, El Príncipe de las Letras Castellanas, como suelen llamarle dentro de los cánones literarios. El poema de una sola estrofa y versificación libre, aborda la separación del amor a través de un silencio azul. ¿Y cómo es ese silencio azul? ¿Y por qué es azul y no negro y fúnebre? En realidad el poema trata de manifestar que el mar servía de punto de unión entre el yo lírico y el amado.

Y al terminarse el amor, sigue existiendo el mar con su espuma y su sal, pero sin amor es inexistente, por lo que el mar es una especie de sepulcro, solitario, azul de inmensidad, callado, vacío, un silencio azul que ya nada canta, nada clama ni proclama, pues se acabó el amor que le daba valor a las cosas.

En el fondo este poema guarda cierta semejanza con la rima becqueriana, pues nos trae el recuerdo de las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer que expone en su poema LIII: “Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar, / y otra vez con el ala a sus cristales / jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha a contemplar, / aquellas que aprendieron nuestros nombres… / ésas… ¡no volverán!”. Martha Eloísa lo expone así: “El mar que ayer nos unía / hoy nos separa / en un silencio azul. / Las olas sólo siguen su curso, / la espuma sigue siendo agua y sal. / Pero continúa / intacto el amor? Leamos este poema dolido:

Silencio azul

El amor como el agua

sólo cambia de estado.

Ayer nos unía el mar,

hoy nos separa

un silencio azul.

Es tan grande el contraste

entre el agua y la sal,

que en la espuma

se deshace tu presencia.

El mar que ayer nos unía

hoy nos separa

en un silencio azul.

Las olas sólo siguen su curso,

la espuma sigue siendo agua y sal.

¿Pero continúa

intacto el amor…?

 

Tampoco podía faltar el poema de agradecimiento a la ciudad de Rosario que le ha dado albergue desde su partida de Nicaragua después del terremoto de Managua en 1972. Martha Eloísa se muestra agradecida con la república Argentina, pues sabe que fue la segunda patria de sus bisabuelo, así mismo, ella ha vivido hermosos momentos en este país, especialmente en la ciudad de Rosario, porque “aunque soy extraña pues no soy de acá / debo decirte que muestras encantos / incomparables a los de otro lugar”.

A través del poema describe las bellezas naturales de la ciudad: su nombre, las costas, las islas, el río, el verde, el sol, la tranquilidad para vivir. Leamos el poema:

Rosario

(Fragmento)

Rosario…

¡Qué hermoso nombre tienes!

Besa las costas de tu ciudad

el ancho río del Paraná;

con sus islas vestidas de verde

y sus camalotes que danzan

al compás de las aguas

que vienen del norte

y hacia abajo van…

Rosario…

Aunque soy extraña pues no soy de acá,

debo decirte que muestras encantos

incomparables a los de otro lugar.

¡Oh tú, que lo tienes todo:

río, verde, aire, sol, tranquilidad

y ése tu nombre, Rosario,

el de una gran ciudad!

 

Y entre sus cantos, el canto a la estirpe Darío, que le ofreció su sangre de poeta. La poeta Martha Eloísa Darío Lacayo, se interroga: “¿Heredé tu sangre / de poeta en mis versos?” Seguramente, la sangre literaria de Darío, no sólo se regó por las venas de sus descendientes, sino también por la de muchos nicaragüenses que desde entonces, se sienten, viven y sueñan ser poeta como una tradición heredada por el padre del modernismo. Nótese el cariño con que la poeta se dirige a cada uno de sus antecesores, aunque quizás, el bisabuelo, por su trascendencia literaria, sea el más consentido de todos. Lemos:

A Rubén Darío I

¡Rubén Darío, te admiro!

Poeta de los poetas,

padre de los cisnes

y alma de los versos…

 

¿Heredé tu sangre

de poeta en mis versos?

 

Cual jinete solitario

has andado por los montes,

las cavernas y los bosques,

y en la arena del desierto

y en la selva misionera;

te has mezclado todo entero

con la tierra de Neruda.

 

Eres padre de los cisnes,

Poeta de los poetas,

sangre azul de príncipes

y alma de los versos.

 

Eres sabio entre los sabios

y eres agua entre las aguas;

eres fuente de vida

y eres padre de mi sangre,

digno de mi tierra,

¡y poeta de mil patrias!

 

A Rubén Darío II

A la memoria de mi abuelo Rubén Darío y Contreras

Ahora comprendo, abuelo,

tus silencios, tus tristezas,

y tantos desencuentros;

tu dolor de niño

cuando perdiste a tu madre.

 

Y también a tu padre, el poeta,

que sólo viste un instante

y por el mundo la sombra de sus pasos

persistente seguiste, Darío Errante.

 

Transitaste caminos

como alondra o ruiseñor,

buscando en el horizonte

hasta que encontraste el amor,

Wakonda, tu Eloísa…

fuente de tu inspiración

y que te dedicara la vida,

como poesía y canción,

con un beso, una caricia, una flor.

 

Dios bendiga tu memoria

y la de tu antecesor,

así como la de mi padre,

que allá en Nicaragua,

entre lagos y volcanes,

redescubre al poeta.

 

¡Oh, abuelo mío, tú me has sido

fuente de inspiración!

El destino me marcó un rumbo

y aquí estoy yo,

en una de tus patrias,

que mías también son;

la que fue la de mi padre

allá lejos, y un día

fue también la patria de Rubén.

Esta gran Argentina,

la del auge en América

igual que en el ayer

y patria hoy de mi querer.

 

A Rubén Darío III

A la memoria de mi padre Rubén Darío y Basualdo

“Brumas y Luces”, sus pensamientos.

“Los Conquistadores”, en la vida

van midiendo la huella de su paso.

“Tránsito del Recuerdo”,

la tierra del río color plata.

“Salutación a la Primavera”,

tus sueños se ensanchan.

 

Entre lagos y volcanes

las raíces anudaron la fuga del pie

y la muerte le tendió su lazo

apagando la llama de sus sueños,

allá, donde ruge el Momotombo.

 

Mas, un lirio blanco

coronó

sus anhelos.

 

“Ventana al Infinito”,

tu ser desplegó alas

hacia los eternos Arquetipos.

 

Y no quiero terminar este trabajo sin hojear la prosa poética de Martha Eloísa, en la cual reflexiona sobre las intimidades humanas, sus inquietudes personales sobre los paisajes externos e internos de la naturaleza y los seres humanos, que al fin de cuentas es lo mismo. Ella dice que “Los hombres somos de tierra: sustentamos en nuestras manos el dolor del barro”. Y luego, expone las afinidades que encuentra entre los seres humanos, los peces y las aves, los árboles y el mar, el viento y su verdad. Leamos el texto Mis paisajes interiores, título que le dio nombre al libro.

Mis paisajes interiores

Los hombres somos de tierra: sustentamos en nuestras manos el dolor del barro.

Tantas veces los seres humanos quisiéramos ser peces o pájaros, bucear en las profundidades del mar e ir develando los misterios que el mundo marino encierra… De igual manera quisiéramos internarnos en nuestro yo profundo, e ir buscando las respuestas a nuestras preguntas. Allí, el fondo marino es oscuro, aunque en ciertos sectores se filtran los rayos solares, a veces débiles, a veces fuertes, y la claridad pinta los colores de los peces, de los bancos de corales y de algas marinas… ¡El fondo marino es un total misterio…!

A veces los hombres quisiéramos ser aves, pájaros, para volar alto… Quisiéramos desplegar nuestras alas al viento, esas alas livianas cubierta de plumas, suaves, tibias, frágiles.

Ansiamos el vuelo espiritual que nos acerque al cielo infinito. No importa si, en ese espacio sin fin, es de noche o de día, hay pájaros que vuelan de noche y ansían acercarse a las estrellas que titilan en el firmamento…

Hay pájaros que vuelan de día y se posan en los árboles, descienden a tierra firme y perciben los colores, el aroma de las flores, sus formas, tamaños, texturas…

¡Tantas veces somos pájaros, pájaros de plumas, de espuma, pájaros humanos!

¡Tantas veces quisiéramos ser libres sobre el ancho mar bajo el cielo inmenso!

¡Tantas veces quisiéramos ser árboles e ir despertando nuestra conciencia por la vida!

¡El árbol, fruto de fecundidad inagotable! El árbol, que emerge desde la tierra profunda, es primero una semilla ingenua, muy pequeña, que germina cobrando fuerzas y nos muestra entonces la resurrección de la naturaleza, porque no le importan las tormentas o el viento fuerte que la azota; ella sigue allí firme, hasta desarrollar un tronco sólido, vertical, creciendo en altura y en profundidad.

Los hombres ansiamos el orden de nuestro yo, un yo que tantas veces desvía su cauce, como los ríos, pero que también se detiene cuando cobra conciencia, y entonces continúa buscando el lejano horizonte.

Los árboles pierden sus hojas y las recobran: dan frutos. Su savia bienhechora les da la fuerza necesaria para que puedan seguir extendiendo sus ramas en dirección al cielo, buscando lo trascendente.

Otra vez hay un milagro: la semilla cae al corazón de la tierra y el ciclo de la vida se repite.

Dios es sabiduría y verdad.

Cuando tengas dudas detente ante el mar, ante el viento, ante los árboles y… ante ti mismo. ¡Tanta sabiduría, tanta verdad!

¡Nosotros, los hombres, somos de tierra…! ¡Ansiamos también crecer en altura y en profundidad!

 

 

[1] Véase Arellano, Jorge Eduardo, Rafaelita Contreras, azucena tronchada por un fatal destino, El Nuevo Diario, Managua, Nicaragua, domingo 31 de octubre de 2010, p12A.

[2] Véase http://www.futurosperiodistas.com/rubendario

[3] Véase Darío III, Rubén, Los conquistadores, Ediciones Universal, San José, Costa Rica, 1967, p5.

[4] Ibídem, p9.

[5] Véase http://mk-mk-facebook.com/topic

Autor: FORO NICARAGÜENSE DE CULTURA

Centro de Información en Línea de la Identidad Cultural / Managua, Nicaragua. El Foro Nicaragüense de Cultura es una asociación civil sin fines de lucro con personalidad jurídica, aprobada el 18 de mayo de 1999; con patrimonio y gobierno propios; constituida por personas académicas, artistas, empresarias, intelectuales y literatas; con la misión de FOMENTAR, DESARROLLAR Y PROMOVER LA CULTURA NICARAGÜENSE, auspiciando investigaciones, capacitación, encuentros, intercambios, publicaciones, concursos y eventos.

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