Un tesoro, entre ruinas y muerte

Portada Joaquín
Portada la fotografía azulada de un hombre joven, elegante. El título: Joaquín Pasos, 1914-1947. Editado por Cuadernos Universitarios de la UNAN-León, Segunda serie, No. 7, septiembre de 1972. Todo un compendio de la obra del poeta vanguardista granadino, en el veinticinco aniversario de su muerte (1947-1972).

Cuando encontré a Joaquín

Por Henry A. Petrie

         Ya había leído algunos libros, entre los cuales recuerdo Las aventuras de Tom Sawyer, Platero y yo, El principito, Las aventuras de Pinocho (en una versión reducida), varios cuentos de la colección Las mil y una noches, pasajes de la Biblia y algunos cuentos clásicos europeos. De tal manera, que el libro objeto de este escrito no fue el primero, pero sí puedo asegurar que fue el que marcó mi vida como lector y escritor, el que sembró en mí su luz y que, a partir de aquella tragedia para los capitalinos, se me abrió un horizonte nuevo.

         Pese al dolor del momento, aquel descubrimiento-encuentro me pareció bello, misterioso; lo encontré entre las ruinas, ahí, reluciente, bajo el sol de los lamentos y de las incertidumbres. Cada vez que se ha presentado la oportunidad, he contado su historia y lo he mostrado como un personaje esencial, que me ha acompañado desde entonces.

¡Terremoto en la capital!

         Era un niño de once años, siete meses y cinco días cuando ocurrió el terremoto del 23 de diciembre de 1972 en la ciudad de Managua. La experiencia vivida fue intensa y desgarradora. Para despojarme de su vibración y del consecuente temor de su recurrencia, más de una década después decidí plasmarlo en mi novela matagalpina-managüense Corazón de mujer –aún inédita—. Por considerar que es lo más aproximado a lo vivido, transcribo el fragmento:

(…) la capital se quebraba, se retorcía brutalmente. El gran mecido fue antecedido de temblores menores, pero en la madrugada del 23 algo cayó del cielo o emergió del fondo de la tierra. Un intenso crujir, rumor ronco y hueco, mientras la tierra se mecía. Las luces se apagaron. El cielo se oscureció con la vista de una luna de espanto. Los perros arrimados a sus amos y las golondrinas emigraron asustadas. Las fiestas pararon como un corte cinematográfico. Gritos, llantos y lamentos en una gran porción de la capital bajo manto incógnito. Tinieblas. Estertor telúrico. El fuego con sus largas lenguas alcanzó las alturas y con furia demoníaca consumía lo que caía a su merced. Resplandor infierno y fondo oscuro; atmósfera de cuarto planeta. En aquel centro que desaparecía, los tridentes del dolor y las trompetas del juicio final protagonizaban su concierto. La tierra se estiró elástica, osciló. Postes de luz, viviendas y grandes edificios se desplomaron como naipes; montañas de cemento, adobe y tejas se acumularon, ruinas, ruinas y más ruinas. La capital hecha escombros. Víctimas en todas partes, inermes y destrozadas, gritos de socorro entre gigantescas nubes de polvo y caudales de sangre. Panorama de espanto. Olor a muerte, y a ruinas; muertos sobre muertos, ilusiones en escombros, cuerpos con almas destrozados, aterrados y enterrados, carbonizados, humeantes. Parejas de amantes desnudos, aún abrazados pese a la muerte, con la huella del amor en sus pieles, bajo pilares y paredes, no despertaron ni se dieron cuenta. 

La capital hecha escombros en danza trágica. En la costa del lago no hubo diferencia, sus aguas aún vibraban. El fénix yaciendo con sus alas quebradas. Fue la noche más larga del mundo. 

(…) 

Fue hasta el amanecer del día siguiente que asomó la claridad, multitudinarios ojos apreciaron aterrorizados la nueva fisonomía de ciudad. (…) preocupación y desesperación por sus seres queridos; llantos y conmoción. ¡Solidaridad, solidaridad! ¡Levántense corazones destrozados! La tierra continuó temblando y el cielo lució ensombrecido. ¡Terremoto! ¡Terremoto en la capital! El mundo despierta.

         Hasta septiembre de 1972 mi familia vivió en el barrio San José, en un espacio pequeño contiguo al Salón Popular, ambos propiedad de don Carlos Morales (Carlete), esposo en ese entonces de mi tía Carmen Mora, ya fallecidos.

         Mi madre, una obrera textil de treinta y tres años en ese momento, logró la aprobación de una vivienda en la Colonia Luis Somoza Debayle –10 de junio a partir del triunfo de la Revolución Popular Sandinista en 1979–, la que fue pagando con mucho esfuerzo, apoyada por mi abuela paterna, Lupe. Mi hermano menor, Walter José, cumpliría dos años el 10 de octubre de 1972.

Ojalá que estén vivos

         Pasadas las horas oscuras, a las mentes de mi madre y mi abuela llegaron las imágenes de familiares que habitaban en el barrio San José, ubicado dentro del perímetro de la mayor destrucción en la ciudad capital.

         ¿Qué les pasaría? ¿Estarán bien? Trataron de evadir, en medio de la angustia, la fatalidad. Imperaba un ambiente funesto y de dolor. Fue tanta la preocupación, que a los cinco días o a la semana –no preciso bien–, ellas decidieron ir en su búsqueda. La más andariega siempre fue mi abuela Lupe y con premura se preparó para la travesía. Siendo el mayor de mis hermanos me escogió para acompañarla.

         Estando al oriente de Managua no teníamos idea de la destrucción que había causado el terremoto. Es cierto que la radio difundía noticias del desastre, pero  mentes y corazones se nos quebrantaron cuando nuestros ojos iban observando la ruinosa panorámica. En determinados puntos se respiraba el tufo de la putrefacción.

         Nos entregamos a la travesía. Caminamos. Nos transportamos de trecho en trecho. Caminamos y montamos algún vehículo de manera alterna, conmovidos por lo que observábamos. Aquella ya no era una ciudad, ya no Managua, al menos la que habíamos conocido. Mi abuela iba callada, comunicándose en lo necesario con otras personas, sin detenerse mucho en ningún punto porque teníamos que regresar ese mismo día.

         Ella sufrió Managua. Si bien amaba su Bluefields natal, hizo suya Managua, hacia donde se trasladó con mi padre adolescente. Ella se aventuró, exploró, experimentó y disfrutó Managua sin complejo alguno. Desde aquí, Bluefields se le hizo eterno campo azul, el campo de su niñez y juventud, el de sus progenitores, el del primer y único amor; de esa ciudad caribeña se trajo recuerdos entrañables que en reiteradas ocasiones contó a sus nietos, historias que atrapaban por fantásticas.

         Yo iba sin pronunciar palabras, a ratos tomado de la mano de mi abuela Lupe, a ratos corriendo hacia un vehículo a montar. A medida que nos internábamos en las ruinas de Managua, su centro, nos encontrábamos con el desastre, la devastación.

         —¡Ay, hijo! Ojalá que estén vivos –dijo mi abuela consternada.

El tesoro, entre ruinas y muerte

         Anduvimos. Las ruinas se multiplicaban a medida que alcanzábamos el centro. Aún había cadáveres aterrados, hedor. Por todos lados cuadrillas trabajando, haciendo de todo lo que se debe en una situación de calamidad. A nuestro paso, vimos partes humanas que sobresalían de los escombros, cadáveres quemados.

         Me faltaron ojos para mirar aquella explanada con cerros de cemento, tejas y tierra; el sol comenzaba arder y mi abuela comenzó a sudar.

         Pasamos tres cerros de ruinas; de uno de ellos, ubicado frente a nosotros, emanó un reflejo que colisionó con mis ojos, los cerré de inmediato y utilicé mi mano derecha como brisera en el intento de evadirlo. Mi abuela siempre iba a mi lado.

         El reflejo se mantuvo dándome en el rostro. A escasos pasos observé algo blanco en cuyo centro estaba el azul. Me llamó la atención y le pedí a mi abuela nos detuviéramos para ir tras esa cosa. En el azul se encontraba una imagen. Frente al objeto supe que se trataba de un libro nuevo, sin daño alguno. El sol lo bañaba y su blancura proyectó el reflejo-luz que llegó a mis ojos; en el centro de la portada la fotografía azulada de un hombre joven, elegante. El título: Joaquín Pasos, 1914-1947. Editado por Cuadernos Universitarios de la UNAN-León, Segunda serie, No. 7, septiembre de 1972. Todo un compendio de la obra del poeta vanguardista granadino, en el veinticinco aniversario de su muerte (1947-1972).

         Lo tomé y lo vi apurado. El libro estaba intacto, pese a que estaba entre ruinas. Urgido por mi abuela, me lo llevé sin más. Nadie, quizá, estaba preocupado por un libro perdido en la tragedia, sobreviviente y testigo de la destrucción.

         Continuamos el camino hacia nuestro objetivo.

La muerte familiar

         Llegamos al punto. Desolación. No había nadie en lo que fue el Salón Popular, la familia se había marchado en cuanto amaneció aquel día. Un vecino que aún se encontraba cuidando enseres, nos informó que mi prima Ninozka Morales Mora había fallecido junto con el marido, aterrados. La casa les cayó encima cuando dormían.

—No se dieron cuenta de nada, señora. Tan jóvenes que estaban, ¡pobres! –comentó el vecino.

         Me quedé en silencio, abrazando el libro encontrado, mientras mi abuela continuaba indagando. Se vinieron los recuerdos de cuando vivimos en ese barrio. Mi prima era casi una década mayor que yo, bella y hermosa, de carácter dulce, siempre sonriente. Bailaba y modelaba vestidos de moda con cierta maestría innata, con una gracia seductora. Me encantaba observarla, sobre todo cuando se vestía con atuendos tipo hawaiano.

         Di un giro y me adelanté unos pasos para mirar hacia lo que había quedado del “Barrio Maldito” –un segmento del Frixione–, como queriendo saber de ella, si habría sobrevivido al terremoto… Me refiero a Julissa, la joven que me doblaba la edad y con quien tuve una historia en común no hacía mucho, la que escribiré en algún momento. Jamás supe de su paradero.

         Volví hacia mi abuela y definitivamente ya no teníamos nada que hacer ahí. Emprendimos nuestro regreso con mayor dominio de la fisonomía resquebrajada de Managua. Era ya el mediodía y el sol estaba bien puesto. En la inmensa explanada de ruinas, nada llamaba al frescor…

         Caminamos y montamos algunos vehículos. La misma operación del inicio. Yo llevaba mi libro bien sujetado, de vez en cuando miraba la fotografía del joven con cierta intriga, su expresión me simpatizó.

Asómate a este boquete

         Llegamos a nuestra casa en la Colonia Luis Somoza Debayle, cansados y consternados. Nos sentamos con todo el placer del mundo y comentamos a mi madre, mi hermano Eddy José y a algunos vecinos que llegaron a visitarnos, las incidencias de nuestra travesía. En ese momento bebimos tanta agua como no lo habíamos hecho antes.

         Recuperado del cansancio, me levanté de la silla y entré al cuarto que compartía con mi hermano Eddy, puse el libro en una pequeña meza donde solíamos ubicar nuestros cuadernos escolares. Lo vi más detenido, lo abrí y hojeé, pero sin leerlo todavía, solo observé letras, dibujos… Ahí lo dejé y me fui a bañar para quitarme el polvo de las ruinas.

         Después de ayudar a madre y abuela en el reordenamiento de enseres, muebles y artefactos, previendo una eventual recurrencia del evento telúrico, me acosté recordando cada palmo del trayecto andado. Managua nos dolió hondo. Volví a preguntarme si Julissa estaría viva, o no. Dirigí mi vista hacia el libro, estiré mi brazo y lo tomé; empecé a leer la introducción de Ernesto Cardenal, de quien en ese momento no sabía nada. Desde el inicio me atrapó:

“… y muy pronto comenzó hablar. A los tres años fue a la escuela. Le llevaban su botella de leche a la escuela y la bebía ahí acostado en el suelo porque solo así la podía beber. Amaba mucho los perros y tenía uno llamado Gobi que murió cuando Joaquín tenía doce años. Cuando Joaquín iba a morir dijo a su madre que quería tener un petate y un perro, para recordar su infancia.” (p. 13).

Interiores Joaquín, dos

         ¡Qué bello! Y a partir de ahí continué leyendo, olvidando mi cansancio. Me enteré que a Pablo Antonio Cuadra le era antipático Joaquín, de quien era su primo, por mimado y porque mucho fastidiaba con los perros; que Cuadra pertenecía a la banda La Mano Bermeja y Pasos a La Mano Negra. Esto me pareció interesante. Y más aún, cuando me entero que La Mano Bermeja le capturó a La Mano Negra un tesoro, que incluía un cuaderno de Joaquín donde tenía escrito sus versos y poemas. Según Cardenal, una vez que Pablo Antonio Cuadra lo leyó, admiró los versos del primo y desde entonces fueron amigos.

         Pero luego vino el veneno poético que me penetrara hondo, versos que Joaquín escribió a los trece años:

“Yo moriré de angustia alguna noche, alguna…

Moriré de amar tanto…” (p. 13).

Leídos los versos volví hacerlo en voz alta… y me di cuenta que Julissa estaba dentro de mí. Cierto, era un niño, pero en realidad estaba más allá de mi niñez. Recordé que le había escrito a ella un poemita, pero cómo buscarlo en medio de tanto alboroto.

         Y así, a la edad de once años, pronto al final de aquel diciembre fatídico, inicié la primera lectura del libro que me ha acompañado durante cuarenta y dos años a la fecha que concluyo este escrito.

En la década de la Revolución Sandinista, cuando realicé uno de mis viajes al exterior, mi hija Tania Tamara de cinco años y mi hijo Henry Alexander de cuatro, tomaron el libro del mueble que usaba como estante bibliotecario y con lapicero en mano le hicieron bigotes y patillas a Joaquín. Yo, ofuscado por tremenda “transgresión” infantil, traté de reparar el daño con un trapo húmedo, con tan mala suerte que se borró la parte inferior de su rostro y se agujeró lo que mis hijos habían pintado, quizá en la idea de que ese hombre debía tener el espeso bigote y la barba cerrada que en ese tiempo lucía su joven padre.

         Son muchas las lecturas que he realizado a este libro. Su historia la he venido contando a mis familiares, compañeros de la otrora lucha sandinista, jóvenes, poetas y escritores amigos, a los grupos de niños, niñas y docentes en quienes actualmente promuevo la lectura comprensiva y la escritura creativa. Todo libro tiene su historia, un recorrido que deja huellas profundas, como este que no siendo el primero leído lo he asumido como si lo fuera. Porque llega un momento que un libro te toca y penetra de verdad, y a partir de ese suceso, comienzas a ser otra persona. Indefectiblemente.

         Y a partir de Joaquín, conocí por primera vez a Carlos Martínez Rivas con Canto fúnebre a la Muerte de Joaquín Pasos: “Difícil es y duro el luchar contra el Olimpo”. Y llegué a los tres ángeles, el de Amado Nervo (Cuento de Navidad), Joaquín Pasos (El ángel pobre) y Gabriel García Márquez (Un hombre muy viejo con unas alas enormes).

         También, por supuesto, se me quedó clavado Canto de guerra de las cosas, cuyos primeros tres versos siempre han sido parte de mi existencia:

“Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,

si es que llegáis a viejos,

si es que entonces quedó alguna piedra.”

         Claro, en aquel entonces me decía que el tiempo de mi vejez estaba allá lejano. Pero a partir de mi quincuagésimo aniversario de vida en el 2011, adquirí consciencia que la distancia se acorta. Sin embargo, la vejez no deja de entusiasmarme y darme curiosidad, porque quizá solo en este período vital uno pueda profundizar en el significado de la piedra y de su posible ausencia.

         No es que este poema me haya gustado simplemente, por alguna extraña razón me vi en sus imágenes, ahí andaba en esos campos sombríos de la guerra, sentí que lo había vivido y que en algún momento regresaría a ese contexto. Entonces supe de mis dolores y angustias, de mi precocidad, del océano que llevaba dentro.

“Asómate a este boquete, a este que tengo en el pecho,

para ver cielos e infiernos.”

 

 

Octubre, 2014.

Managua, Nicaragua.

 

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Cuando encontré a Joaquín

Por Henry A. Petrie

Portada Joaquín

El órgano que mejor habla es el corazón

–  Un cuento en línea  del actor y dramaturgo Luis Harold Agurto-

Cuando el anciano se retiró. El médico se percató de que éste había olvidado un carpeta con unas poesías y una frase suelta que le llamó mucho la atención. La frase decía: ‘El órgano que mejor habla es el corazón’ y firmaba Harold Agurto. Esta frase le gustó mucho al médico, pero lo que más le gustó fue el nombre del autor de la frase, Harold Agurto.

Le hacía recordar su juventud, pues, en primaria, la maestra les leía sus hermosos cuentos infantiles. En la secundaria, la profesora de Literatura les enseñaba bellísimas poesías y fue con una de ellas que, al dedicarle a una de sus compañeras, se enamoró y esta fue su primera novia. ‘Cómo olvidar todo eso si fue parte de lo mejor de su infancia’.

A la semana siguiente, al finalizar la jornada, la secretaria entró al consultorio con el periódico vespertino y compungida le dijo al médico, ‘¿Se ha enterado, doctor? Hoy han encontrado muerto a ‘Harold Agurto’ en una banca del parque Luis Alfonso, tenía 88 años el pobre’. El médico suspiró de pena y contestó:.’Hombres como él no deberían morir nunca. Que Dios lo tenga en Paz, me hubiera gustado conocerlo…. ‘

corazón martillado

LEA EL CUENTO COMPLETO :

El órgano que mejor habla es el corazón

Que conlleva a la reflexión: es urgente que los artistas cuenten con un Seguro Social

Cuentos de El Jicaral

Esta es una muestra de la selección de cuentos de  El Jicaral, León, escritos por  las maestras Ivania del Socorro Loásiga Ríos, Mayra Mercedes Parajón Canales, Edelma Modesta Orozco Padilla, Jeaneth Pichardo Altamirano, animadas por la metodología Leo Comento Imagino y Creo que promueve Visión Mundial de Nicaragua y Foro Nicaragüense de Cultura.

 Aquí, la muestra cuentística de maestras destacadas del municipio El Jicaral, León:

 ratoncito

El coche zapato

 

Por:

Ivania del Socorro Loásiga Ríos

,

Un ratón, cansado de buscar un hogar, se imaginaba tener una casa linda, llena de mucha comida.

Salió, caminó y caminó, pero su mayor peligro que tenía, era que el gato se lo devorara. Pensó disfrazarse para que no lo reconocieran y así podía, apenas, salvarse. Pensó en varios disfraces, pero le pareció más divertido, el del Viejo y la Vieja.

—Ah, claro, así no me reconocerán muy fácil…

Y así sucedió: se disfrazó de la Vieja. Cuando se disponía por las calles, esas calles todas muy quebradizas y angostas, le decían los gatos:

—Oh, qué Vieja más guapa…

Ella se chiqueaba más, pero pensaba: mas, de nada me está sirviendo este disfraz… Pero siguió, porque su mayor preocupación era tener su casa y vivir tranquilo y ser independiente. Se cansó, pero se encontró con un zapato viejo de esos que nadie lo ve porque son tan feos como una flor de jícaro.

—He aquí, mi casa.

Se acostó como pudo; se acomodó en la punta del zapato; se durmió tanto que no sabía si era de día o de noche. En eso pasa una señora que también andaba en busca de una macetera, no antes vista, para plantar su planta que la llevaría por todo el mundo para así salir de la pobreza.

—Un zapato, qué bueno. Aquí plantaré mi planta, y será muy divertido tener de macetera a un zapato.

Levantó el zapato y el ratón seguía dormido. La señora lo rellenó de tierra y le aplicó todos los químicos necesarios. El ratón empezó a estirarse, desperezarse, pero algo le impedía, no estaba cómodo.

—¿Qué pasó con mi casa? ¿Quién me la arrebató?

Aruñó y aruñó, no pudo nada; apenas pudo darse una media vuelta. Abrió un pequeño agujero y pudo ver que en su casa estaba una planta muy dueña y señora de su zapato.

—Qué planta más entrometida. ¿Qué haces aquí? ¿Esta es mi casa? Vete de aquí…

La planta agachó su mirada y con lágrimas de sangre, le contestó:

—Esta es mi casa.

—No.

—¿Por qué dices?

—Tengo una misión y debo cumplirla.

—¿Cómo? ¿Misión?

—Eso no. Es mi casa.

El ratón, muy molesto, se volvió a acomodar en su casa y se puso a pensar: debo tener amigos, claro

que sí, esta planta será mi amiga, voy a proponerme algo.

—¡Hola!

—Y ahora para qué me quieres, si me regañaste –le contesta la plantita.

—Quiero ser tu amigo.

—Eso no.

Se vuelve el ratón otra vez a su pequeño y dulce hogar. Dice:

—Voy a ver qué hace esta planta; y me le haré el dormido.

Y así fue. La planta empezó a dar flores: una rosada, una púrpura y una celeste.

Dice el ratón:

—¡Qué lindas!

Quiso tocarlas con su gran cola, como de una pulgada de largo y le dice la planta:

—No, me la vas a lastimar.

Pero el ratón insistió y la planta muy molesta, le dice:

—¡Basta ya!

—Te dije que fuéramos amigos. ¿Qué pasó? Bueno, hagamos una cosa: yo te jalaré con mi cola y tú darás rosas de todos los colores. Y así, pasearemos por todo el mundo.

Y así fue. Caminaron y le llamaron, coche zapato, y todo mundo que lo veía, se quedaban admirados y paralizados de ver un ratón, jalando a una planta en un zapato. Y es por eso que, hasta el día de hoy, andan viajando por todo el mundo en un zapato.

 

El Jicaral, León, 06 de junio, 2014.

 

(La autora es maestra de 2º y 3º grado en la Escuela “Georgino Andrade”, comunidad Tule Norte. Nota: Este cuento fue publicado en el diario Hoy, de Nicaragua).

 

 desesperacion

Allá lejos

 

Por:

Digna Lidee Paz Rojas

 

Hace muchos años, en una ciudad convulsionada, había un pueblo llamado Allá Lejos. Este pueblo, tomó ese nombre, por su posición geográfica. El pueblo se encontraba en medio de cerros. Cuando las personas iban sobre las serranías, el pueblo se veía en un hueco oscuro.

Ahí venía una señora muy trabajadora llamada Desesperación. Ella se levantaba a las tres de la mañana todos los días y empezaba a gritar, para despertar a todos sus habitantes.

Cierto día, un grupo de niños, pensó: hoy le damos una sorpresa a Desesperación. Así fue… Cuando la mujer empezó a gritar, los niños salieron con sorpresa y dijeron:

—¡Ven, Desesperación, aquí estamos!

La mujer se quedó en suspenso y se preguntó: ¿quién me está hablando?

—Somos tus dolores, que no te dejamos dormir

—¿Qué dolores, si a mí no me duele nada?

—¿Cómo que no te duele nada? –dijeron con voz macabra.

—Te falta un pie –dijeron.

—¡Un pie! –gritó la mujer.

—Sí, un pie –respondieron–. También te falta una oreja.

—¡Oh! –gritó desesperada.

—Y te estás poniendo helada –dijeron.

—Entonces, ¿qué hago? –gritó Desesperación.

—Vete a casa y no vuelvas a gritar.

Desde entonces, la mujer no grita a las tres de la mañana. Y se dio cuenta que no sentía su pie y la oreja, porque las tenía dormidas por el frío que hacía.

 

El Jicaral, León, 09 de mayo, 2014.

 

(La autora es maestra de 4º, 5º, y 6º grado en la Escuela “Omar Torrijos Herrera”, comunidad Las Pilas).

 

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La vaca embramada y el dueño sorolpo

 

Por:

Mayra Mercedes Parajón Canales

 

En la comarca El Panal, municipio de Telica, vivía un señor apodado como “Trompa de Cabro”, que tenía en un corral, una vaca, un buey. El señor quería aumentar su cría, pero no era posible, pues la vaca con un buey no podía hacer nada.

Una mañana, el señor llegó al corral y habló solo en tono alto:

—Esta vaca maldita para nada la tengo, no me da cría, es mejor que la mate, venda la carne y con el dinerito, me vaya de compra al Gallo más gallo de León.

La vaca, al escuchar el comentario, le dijo al buey:

—Buey, por tu culpa, me van a matar.

—Por mi culpa. ¿Por qué?

—Pues tenemos cinco años de convivir juntos y no me has tocado ni tan siquiera con los cachos.

—¿Con los cachos?

—Pues sí, con los cachos.

—¿Por qué con los cachos?

—Porque si no lo haces con los cachos, con qué lo vas hacer. No te das cuenta que estás capón y por tu incapacidad de macho completo, me van a degollar.

—Pues yo no tengo la culpa; la culpa es de nuestro dueño.

La vaca sin más de qué reprochar empezó a llorar y llorar amargamente, y llamó a su dueño “Trompa de Cabro” y le dijo:

—Señor, no me puede matar.

—Claro que te mataré, no te das cuenta que no sirves para nada; tenés años de estar con el buey y no has logrado aumentar la cría.

—Pero, señor, cómo la vamos a aumentar si el buey está capado y no podemos realizar el apareamiento.

—Es cierto que el buey está capado, pero tiene su órgano colgado; eso yo no se lo he tocado; lo que pasa es que vos querés verme la cara…

La vaca quedó callada un buen rato, pensando cómo hacer, para salvarse de esa muerte tan horrible, y le dijo al buey:

—Buey, ayúdame a salvarme; este señor es un sorolpo, te capó tus huevos y no se da cuenta que tu órgano no te funciona.

—Ya sé qué podemos hacer –dijo el buey.

—Qué vamos hacer –dijo la vaca.

—Le quitaremos los huevos a nuestro señor y me los pondré yo.

Y así, hicieron, le quitaron los huevos al señor y se los puso el buey, y en ese mismo momento se aparearon una vez. Y le dice la vaca al buey:

—Sos un desgraciado, tenemos cinco años de no hacer apareamiento y ves con qué me salís.

—¿Y qué es lo que querés? –respondió el buey.

—Dame los huevos de mi señor y tu órgano colgado y del resto yo me encargo.

El buey hizo lo que la vaca le dijo y se lo entregó todo. La vaca se fue a la casa del dueño y lo encontró dormido, y ella aprovechó la ocasión y dijo:

—Este es el momento indicado; ahora sabrá mi señor de qué es capaz una vaca embramada.

La vaca realizó la operación y se fue de nuevo al corral. Al cabo de dos horas, el dueño despertó, y al verse todo su cuerpo, gritó desesperadamente. Al rato, cayó desmayado. La vaca y el buey corrieron al cuarto y dijo el buey:

—Buena acción realizaste; ahora, aprovecha que está desmayado y comienza a tener apareamiento.

La vaca comenzó a zambullírsele encima al dueño, una y otra vez, cada cinco minutos hasta lograr quedar panzona. Cuando el dueño despertó, se fue al corral para matar a la vaca. Pero ya no lo hizo, pues estaba bien panzona. Contento con la noticia, felicitó a los dos animales, sin darse cuenta que la cría era de él. La vaca le quitó el colgador al buey y se lo puso al dueño, quien junto con sus dos testículos, realizó dicha operación.

 

El Jicaral, León, 6 de junio, 2014.

 

(La autora es maestra de 4º, 5º, y 6º, grado en la Escuela “Georgino Andrade”, comunidad Tule Norte).

 

 

La marcha de frutas y verduras

Por:

Edelma Modesta Orozco Padilla

 

Esta mañana visité el mercado de León y todo lo encontré diferente. Todas las frutas y verduras estaban hablando.

Era el congreso de frutas y verduras que estaban muy molestas, porque los comerciantes las estaban vendiendo. Era toda una revolución; la piña, los bananos, el melón, la papaya, el ayote, la sandía, el pipián, la yuca, el zapote, el repollo y muchas más.

Doña Piña alza la voz, diciendo:

—¡Basta ya! No quiero que me vendan, porque sufro demasiado; me ponen al fuego a hervirme para comerme como jalea; me cortan mi lindo vestido y lo que más me molesta es que me quitan mi corona de reina.

—Y yo sufro tanto, paso mi vida 5 pulgadas bajo tierra como muerta y me sacan para ponerme junto a un chancho, ¡qué horror mi vida! –dijo la yuca.

De repente, se alza el repollo y dice:

—¡Nunca más! Abajo los comerciantes. Yo tengo una vida fresca, alegre con el rocío de la aurora, y me quieren destruir lentamente, acuchillada, sólo para comerme en ensaladas. No es justo.

—Yo les aconsejo que huyamos y que nos vayamos a recorrer el mundo… El otro día escuché a la zanahoria que fue a París y conoció la torre Eiffel. Hagámoslo nosotros también. Tenemos que huir del mercado en marcha, pronto, antes de que nos descubran –dijo don Zapote.

De repente, escuchan el llanto de un pequeñito, diciendo:

—¡Ay, mamita…! ¡Ay, mamita, no puede ser, las frutas y las verduras quieren huir. Entonces, con qué me voy alimentar si son ellas las que me permiten crecer fuerte y sano con todas sus vitaminas.

Al escuchar el lamento del niño, las frutas y verduras, decidieron quedarse para seguir viendo crecer a los niños fuertes y felices.

—Esa debe ser nuestra verdadera felicidad; no podemos ser tan egoístas.

De repente, escucho una voz:

—Es tarde, despierta, despierta, por favor levántate…

Comencé a abrir los ojos y pensé: qué lindo sueño… Ojalá, todas las noches sueñe tan bonito.

 

El Jicaral, León, 13 de junio, 2014.

 

(La autora es maestra de 1º  grado en la Escuela “Georgino Andrade”, comunidad Tule Norte).

 

 amante

El amor prohibido

 

Por:

Jeaneth Pichardo Altamirano

 

En el pueblo de Masarungo se encontraba un matrimonio, formado por Olegario Fufurruco y Remigia Logarandia. Ambos habían procreado a dos hermosos hijos.

Al pueblo llegó un médico llamado Poporapa, amistoso con todos, bien elegante, y con su bata blanca, se veía aún mejor.

El primer día de su consulta en el Puesto de Salud de aquel lugar, llegó a pasar consulta Remigia, elegantemente vestida, con un traje de seda y unos zapatos de charol.

—Buenos días, doctor –dijo.

—Pase adelante –contestó el médico– ¿En qué puedo ayudarla?

—Ay, doctor, tengo una rara enfermedad en mi pan –le dijo ella.

El doctor se sonrió y le dijo:

—Usted no tiene pan, señora. ¿Quién la engañó?

—Me dijo mi marido, porque cuando hacemos el amor, él se llena comiendo pan.

—¡Qué interesante! –se dijo el médico: esta mujer es guapa y elegante, pero es tonta– ¿Significa que usted le puede dar de comer al que tiene hambre con ese pan?

—Así es –dijo ella–. Al menos eso es lo que dice mi marido.

—Venga –dijo– la voy a revisar.

Y la revisó y luego le dijo:

—¿Le parece que hoy vayamos a la Vía del Valle para comer pan?

—Bien –dijo ella.

A las diez de la noche, Remigia salió de su casa, sola, envuelta en una sábana por la calle. Los perros empezaron a ladrar y la gente decía:

—¿Será un fantasma? Pues nunca se ha escuchado ladrar tanto los perros.

El marido, igual que todos los del lugar, se despertó. Y qué sorpresa, su esposa no estaba en la

cama. Se levantó y salió a buscarla. Cuando vio en la calle el bulto, se preguntó: ¿Qué es esto? ¿Un fantasma?

Sin embargo, el doctor esperaba con ansias el pan de Remigia. Ella llegó al lugar acordado y empezó

el acto. No muy lejos, Olegario, observaba aquello y decía:

—¿Quién será esa traidora? El fantasma es alguna mujer.

Y decidió acercarse. Y qué tristeza, cuando descubrió que era su esposa. Desenfundó su pistola y disparó contra su esposa. Ella, agonizando, le dijo:

—Tú me dijiste que el pan se lo comía el que tenía hambre, y ahora me mataste. El doctor tenía hambre y yo le di de comer.

 

El Jicaral, León, 28 de mayo, 2014.

 

(La autora es maestra de 4º, 5º, 6º grado en la Escuela Silverio Laguna, comunidad San Juan de Dios).

 

También LEA  el texto

La maestra y el arte de enseñar

Por Pedro Alfonso Morales

Una buena maestra canta con sus alumnos y se ríe de las travesuras en el aula. Una buena maestra dibuja y pinta con los niños y les anima para que el sol no sea amarillo ni verdes las hojas de los árboles. Una buena maestra hace teatro y títere con los niños en la escuela. Una buena maestra cuenta cuentos, escribe versos e historias interesantes.

Black Cat

Madeline Mendieta / Foto Arnulfo Agüero
Nunca convencerás a un ratón que un gato negro trae buena suerte. (Graham Green)

 

Tuve dos gatos negros, Manet y Lucas. Los mismos que les conté que se fugaron cuando la naturaleza hizo llamado al apareamiento gatuno. Contrario a la superstición sobre la mala suerte, los gatos negros a mí no me asustan. Estos hermosos animales de oscuro pelaje los han vinculado a las brujas, al demonio, a los muertos y al mundo de la oscuridad. En la época medieval, era común también su persecución porque consideraban que eran brujas convertidas y la Iglesia estableció  una costumbre de quemar gatos en la noche de San Juan.

En las civilizaciones antiguas los gatos negros eran considerados seres mágicos y quien poseía uno tenía mucha suerte. La cultura egipcia rendía tributo a la Diosa Basset, representada como una mujer con cabeza de gato. Es una pieza magistral, hecha en bronce, el gato Sagrado de Bast, en honor a esta diosa quien personificaba la fertilidad, la familia y la protección.

Sin embargo esto cambió y prevaleció la imagen que los gatos negros están vinculados al mal y todo aquello que presuma oscuridad.

En el 2006 apareció Train, un asesino con el seudónimo de Black Cat personaje del mundo del anime. Saya es una muchacha por quien Black Cat decide dejar el mundo del hampa y sus sentimientos afloran en relación a ella. Saya es asesinada por sus enemigos y Black Cat se convierte en un caza recompensas en compañía de otros dos personajes quienes están comprometidos a contrarrestar a su antagonista.

Este 22 de septiembre, se estrenó la segunda temporada de Black List, una serie de t.v. que por sus excelentes raitings de la primera temporada, nos traerá a la pantalla nuevamente a Raymon Reddington abreviado “Red”.  Raymon es un ex asesino que ayuda a una agente del FBI a buscar a un terrorista.  Red tiene una enorme lista de criminales y extremistas que fue elaborando cuando él también era un delincuente. Esta lista la facilitará al FBI para minimizar la criminalidad a cambio de colaboración.

Este personaje Red, tiene mucha similitud con Black Cat, el animé. Hay una ruptura interna que hace que ellos cambien, de personajes oscuros a seres reivindicados. Aunque en esta segunda temporada de Black list se presumen algunos giros inesperados durante el desarrollo de la trama.

A lo largo de nuestra vida,  al igual que los gatos negros, cambiamos de ser seres mágicos a convertirnos al lado oscuro o viceversa,  algo puede ocurrir repentinamente y cambiamos por completo. También todos tenemos una “lista negra”, que trabajamos durante nuestra vida con aquellas situaciones y personas que preferimos apartarlos en un lugar que nos reservamos el derecho de admisión.

La distancia con los personajes de ficción es evidente. Sin embargo, en el sótano de tus zonas más oscuras vamos coleccionando rupturas y cambios como si tuvieras un armario de cadáveres emocionales y nos convertimos en Black Cat y queremos “pasarle la cuenta” a todo aquello que arremete con nuestra zona de confort o atenta contra nuestros intereses. Hasta los teléfonos celulares tienen incluida una Blacklist, una pequeña muestra podría ser:

La prima que nos “levantó” el novio, el compañero que nos serrucha el piso para quedarse con nuestro puesto de trabajo, el taxista que nos cobra una tarifa exagerada, el “date” que nos deja plantada y ni siquiera llama para dar una excusa, la hermana que topó las tarjetas de crédito y somos su fiador, el funcionario público que nos hace esperar una hora y luego la secretaria dice que salió a una reunión,  la “ex” que no deja ver a los hijos, el brother que siempre es como el “aceite” y nunca aporta para la cuenta de las cervezas, el hermano que siempre está metido en problemas y hay que resolverle sus “clavos”,  el marido que nos pasa las queridas frente a nuestras narices, el vecino invibible que su basura la deja en nuestra entrada. La lista puede ser más larga.

Pero así como nosotros tenemos nuestra Blacklist, al mismo tiempo pertenecemos a la lista negra de otros. Tampoco estamos exentos de culpa original. Estamos vetados para los ex, para quienes les quedamos mal en un trabajo, a los que nunca le devolvemos los libros, por reclamar una herencia, porque no tuvimos la cortesía de agradecer un regalo y expresamos que no nos gustó, la prima que no la invitamos a un acontecimiento importante, la persona que nunca dimos una carta de recomendación, cuando mentimos en nombre de otros para quitarnos una responsabilidad.

Estas rupturas que hacemos principalmente con la familia, con los amigos y compañeros de trabajo es parte de una dinámica de crecimiento personal. De reconocer que las relaciones interpersonales son complejas porque nosotros actuamos como el Black Cat y tenemos con Red una lista negra oculta, personal que repasamos mientras escuchamos esta sinfonía agridulce que es la vida.

Pasajeras francas del viaje

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-Por Henry A. Petrie-

            En la parada abordan el bus colectivo, suben silenciosas y frescas por el baño en la madrugada. Son las seis y cuarto de la mañana, pero seguro han tenido que despertar mucho antes para asearse y dejar listos a sus hijos, quizá al cuido de la abuela o de la persona que las ayude. Algunas tomaron asiento, otras van de pie asidas al tubo superior del bus; otras platican, sus frases, además de cortas, son esporádicas. Sus rasgos masayas son inconfundibles, pero sobre todo reflejan la humildad de sus vidas. En sus miradas, el brillo de la esperanza.

            A cinco kilómetros de donde tomaron el bus, el centro de trabajo, hacia donde se dirigen. Todas de regular estatura, morenas, cuerpos juveniles forjados en el diario trajinar, y sin embargo, sensuales. No se confunda lo erótico burgués con lo sensual proletario. Sus gracias encierran misterios ancestrales, silencios profundos. Quizá así disfrutan mejor las mañanas, en silencio, con estrictas palabras necesarias. Prefieren escuchar la música que lleva el bus, son canciones de amor, o mejor dicho, sufrimientos derivados del amor. A ratos, desgarradores. Tan temprano el lamento de los amores, que como dijo CMR, mejor matarlos. Pero van en silencio, y fresquecitas.

            A mi lado va una de ellas sentada, mirando al exterior a través de la ventana. En fragmentos de segundo la observo. Voy leyendo pero siento su respirar, sé que de pronto también me observa. Sigo leyendo. No me atrevo a levantar la mirada y volverla hacia ella. Prefiero sentirla, a través de su vibración siento al resto de sus compañeras, ¿género? No sé si tienen conciencia de eso. Apenas cruzan palabras, todas fresquecitas y olorosas a natura.

            ¿Cuántas serán madres solteras? ¿Cuántas habrán parido adolescentes? ¿Cuántas tienen el amor deseado, feliz? ¿Cuántas ya no piensan en el amor? Son muchas las preguntas que se confunden con la historia que leo. Cierro el libro. Hay otro que me llama entre pasajeros. Miro a los ojos de una y me sonríe. Qué bello, una sonrisa sincera, para nada fingida. Ella y yo en la misma unidad de transporte, compartiendo el viaje. Y miro a cuantas puedo, la mayoría sumergidas en sus pensamientos o recuerdos, quién sabe… Estoy casi cercano a mi parada. ¿Bajará o continuará el viaje?, pregunto.  Muchas bajaremos en el 31, me dice. Sí, el 31, donde bajan para luego caminar hacia la zona franca.

            Las que van sentadas se levantan y se unen a las de pies. Se acomodan y esperan a que el bus se detenga. Bajan con cierta prisa. La joven que va a mi lado y yo aguardamos. He decidido bajar una parada antes, junto con todas las obreras acompañantes del viaje. Bajamos. Asientan sus plantas en el suelo y giran para cruzar la carretera en dirección norte. Las observo encaminarse, se introducen en un caminito que lleva a la fábrica. Sigo ahí, observándolas, viendo a cada una y al montón que van aprisa, todas calladas, concentradas en su caminata. Efímeros saludos, rutinarios.

            Vehículos pasan. Bocinas altisonantes. Sigo ahí, ahora observando a una agrupación mayor, otras tantas se han sumado, han caminado desde sus hogares o han llegado en unidades de transportes distintas. Trato de seguir con la vista a la joven mujer que iba sentada a mi lado, de pronto aparece como chispazo y se pierde. Diviso el bus donde venía y está más allá de mi destino. Camino lento para que las imágenes permanezcan, desde la parada del puente en Nindirí, que en mi caso es cada semana rumbo a Masaya. Cada vez es el mismo día al que retorno, aunque mi compromiso sea más tarde, pero ¿cómo negarme esos encuentros con las pasajeras francas de mi viaje? Un mismo día, quizá, solo que para mí, en realidad, empieza a las seis y cuarto de la mañana.

Julio 2014.